Los cuatro hermanos solían verse sólo con motivo de sus cumpleaños, momento que aprovechaban para contarse alguna que otra aventura. Nelson, que disponía de un instrumento codiciado e inigualable, tenía siempre algún cuento que les dejaba a sus hermanos la boca abierta y la pija parada. Pero esta vez, pese a que ya habían pasado varias horas relatando historias, Nelson aun no había dicho ni una palabra. Los hermanos estaban preocupados, por lo que decidieron no hablar más y observar a Nelson que, en silencio, empezó a frotarse la polla con movimientos fuertes y apretados. Ésta, decía, es la que se mueve por mí, hace todo por mí, y yo hago todo por ella. Mientras la acariciaba podía verse cómo crecía debajo de los pantalones. Nelson estaba recostado en su silla y con sus hermanos formaban una ronda alrededor de la mesa. La mano de Nelson subía y bajaba por el incrementado bulto. Ésta, decía, es la que van a tener el gusto de ver otra vez. Y efectivamente su gran choronga saltó por entre el cierre de su bragueta y quedó balanceándose ante los ojos muy abiertos de los hermanos, que sabían lo que se podía esperar de Nelson. En cuanto el instrumental estuvo a la vista, la mano de Nelson grande y carnosa se puso a jugar con las bolas. La soberbia pija de Nelson estaba ahora siendo manoseada frenéticamente de manera que los hermanos no pudiendo sacar los ojos de semejante palpamiento emprendieron la misma tarea. Ésta, decía, es la que me llevó a vivir en la isla del sur... se acuerdan? Los hermanos respondieron afirmativamente al unísono con un movimiento hipnótico. Al verlos, Nelson abarcó diestramente con las dos manos la totalidad del chorón vibrante y duro. Luego lo golpeó contra el borde de la mesa e hizo tintinear las copas entre sí, el viento movió levemente las cortinas y dejó ver las lejanas estrellas de esa noche de verano. Ahora solo se oía el ventilador y la luz que caía sobre la mesa no llegaba a iluminar el espacio que rodeaba a los cuatro hermanos. Ésta, dijo Nelson volviéndola a golpear contra el borde, sí, ésta... y blandía su pija parado frente a la mesa, frente a sus hermanos, frente a la ventana que daba a la ventana del frente, que estaba abierta y con la luz apagada. Los tres hermanos se pajeaban frenéticamente mientras miraban la gran pija que parecía haberse tragado a Nelson, que asomaba por detrás domándola. Fue en el muelle, dijo, de noche. La única luz de una lamparita se reflejaba en el río. Ni una lancha y yo solo ahí, parado entre grillos y mosquitos, la música de la cantina de Rafael lejos mezclándose con el ruido del bosquecito de atrás de la casa. Parado mirando el puente. Si voy a ser sincero diría que no esperaba nada, pero en cierta manera no podía hacer otra cosa estando ahí, parado. Hizo una breve pausa que aprovechó para llevar sus dedos hasta la boca, chuparlos y volver a acariciar, esta vez con suma delicadeza, su brillante poronga. Y para ser todavía más sincero: no me gusta esperar. Ustedes saben bien que no me gusta esperar. Así que tranquilo me acaricié la pija y empecé a pensar en el veranito del 2007. Sí, esos días, se acuerdan? Los hermanos volvieron a responder al unísono sin dejar de manosearse las entrepiernas. Ésta, seguía diciendo, me hizo pensar en el veranito del 2007, que seguía ahí, en el río, en el muelle, flotando en el aire. Era la brisa que me acariciaba, era mi mano, lo que hacía mi mano. Los tres hermanos jadeaban viendo que la pija de Nelson se ponía morada y robusta. Jadeante también, Nelson respiraba como queriendo que todo el aire entrara en sus pulmones, absorbiéndolo con furia, como si de esa manera llegara a atraer no solo el aire de aquel muelle lejano, si no también de aquel veranito. Excitado y furioso barrió con un brazo todo lo que había sobre la mesa y apoyó sus grandes bolas en un borde intimando a sus hermanos a hacer lo mismo. La imagen de las cuatro pijas sobre la mesa lo estimulaba, provocando en su mano movimientos más enérgicos. Nelson miraba a sus hermanos pajearse rabiosamente como si no fuesen más que un biombo de espejos ante él.